AUTORES

IGNACIO ALDECOA ISASI nació en Vitoria - Gasteiz el 24 de julio de 1925 y murió en Madrid el 15 de noviembre de 1969.


Su BIOGRAFÍA en Wikipedia




Aldecoa o el arte de contar

José Fernández de Ia Sota

(Prólogo a la Antología de cuentos publicada en 2002 en la colección DEIA -
DEIA Bilduma)

Acababa de terminar (o de empezar más bien) con Pío Baroja. Tenía dieciséis años y me había zambullido en las mareas del capitán Chimista, trepado por el Árbol de la Ciencia y lanzado a la busca de la literatura por las calles y alfoces de un Madrid hambreante de fogatas y bohemios destemplados. Podía haber seguido con la turba canalla y arqueológica de Cansinos Asséns, pero tuve la suerte de toparme con Ignacio Aldecoa. Hay ocasiones –y creo sinceramente que ésta fue una de ellas– en las que el caprichoso azar se pone serio y obedece a razones profundas y secretas.
Nada más coherente que comenzar leyendo a Pío Baroja y proseguir con Ignacio Aldecoa. Hay en los dos grandes narradores vascos como un cauce común o un mismo lecho duro por el que se deslizan las palabras, tan distintas en uno y en otro
pero que van a dar, inevitablemente, al mar de lo real. ¿Hay aIgo más profundo? La piel –dijo André Gide– es lo más hondo. Aldecoa, lo mismo que Baroja años atrás, rasca la piel de la ciudad y describe su fauna maltratada de manera implacable y bellísima. En uno de sus cuentos magistrales, un muchacho se gana la vida (y Ia muerte) pescando ratas a orillas del Manzanares. Su piel, la del chiquillo, vale menos aún que el pellejo de las ratas que pesca o que caza. Hay que hablar de los cuentos de Aldecoa: son sobrecogedores, son hermosos, son meridianamente claros y sombríos. Los cuentos de Aldecoa –que también fue un notable novelista y un poeta algo más que curioso– le convierten en un clásico vivo. Vivo porque su narrativa corta sigue creando escuela treinta años después de su muerte. La escritura de Ignacio Aldecoa no ha perdido vigencia, sino bien al contrario, entre los barroquismos de Cela y la sencillez de Delibes –dice Francisco Umbral–, él es el escritor justo, sabio, europeo, exacto.
El escritor, nacido en Vitoria en1925, contaba en 1969, poco antes de su muerte, sus oscuros inicios literarios. “La verdad –escribía– es que en mi adolescencia no ha habido muchos estímulos para intentar la aventura de las letras. Vivía en mi ciudad, en el norte de España; llovía demasiado, el colegio era siniestro, las películas de algún interés sufrían la censura; quedaban los libros –no muchos–, y yo tenia ciertas dosis de rebeldía. Así que, distraído de los estudios, me puse a escribir cuentos, poemas, fragmentos de novelas”. El futuro narrador se estrenó editorialmente en 1947, con un libro de poemas titulado Todavía la vida. Sin embargo, pronto descubriría que su destino inesquivable era contar.
En 1954 aparece su novela EI fulgor y Ia sangre y dos años más tarde Con eI víento solano. En el año 1957 se publica Gran sol, que le valdrá a Aldecoa el premio de la Crítica en 1958 Entre sus libros de relatos cabe destacar Vísperas del silencio
(1955), El corazón y otros frutos amargos (1959) o Los pájaros de Baden-Baden (1965).
Aldecoa, nunca lo negó en vida, fue un escritor realista. Claro que en nuestro autor el realismo nada tiene que ver con los marbetes o vitolas literarias al uso. Su realismo (que a menudo deviene objetivista) es otro “fruto amargo”, otra historia que no se compadece ni con la narrativa decimonónica ni con el social-realismo de la llamada (no siempre con justicia) “novela de la berza”. Quizá el mejor retrato (o uno de los mejores) dedicados a Ignacio Aldecoa corresponde al novelista Jesús Fernández Santos, un escritor al que algún dÍa habrá que hacer justicia y rescatar de la estúpida amnesia literaria que alimenta el mercado cultural. Decía Fernández Santos que Aldecoa “Se reía de los necios, los avisados y los pedantes que estorban los cauces de la tradicional sociedad española, de la España grotesca y anodina, de las sombrías derrotas y las glorias efímeras”.
Los cuentos que el lector tiene entre manos son parte de la mejor literatura en lengua castellana que ha dado el tortuoso siglo XX. Quienes ya los conozcan, gozarán con la nueva visita, y quienes por primera vez se enfrenten a sus páginas (como este prologuista hace más de dos décadas) quedarán deslumbrados por su arte de contar. El azar ha jugado su papel. El libro está en las manos del lector y Aldecoa comienza su relato.