ANTONIO DE TRUEBA

Antonio de Trueba tiene una estatua en los Jardines de Albia,
hecho que le convierte en el primer y único escritor vizcaino que,
según sus paisanos, merece un pedestal en el cogollo del Ensanche
bilbaino. La estatua se pagó con las aportaciones de vizcainos resi-
dentes en la República Argentina, Paraguay y Uruguay, muchos de
ellos –probablemente– encartados de Sópuerta o de Zalla o Galdames
como el propio escritor, nacido en Montellano en 1819. Desde
su estatua, Trueba mira el paisaje y, si se gira un poco, la antigua
casa de Sabino Arana, sobre cuyo solar hoy se erige la sede del
PNV.

Dice Fermín Herrán en un discurso pronunciado en la Sociedad
El Sitio de Bilbao en 1891 que Trueba "es el único escritor vasco
de este siglo que ha impuesto su nombre en las páginas de ra litera-
tura española". Un año antes, Delmas había afirmado en un artícu_
lo que el autor encartado "ha sido el primero y más grande literato
que ha producido Vizcaya hasta los presentes tiempos". Ninguna
de las dos afirmaciones resurta exagerada en lo más mínimo.

Trueba tuvo la suerte de conocer el éxito y –algo aún más in-
frecuente– el reconocimiento de sus propios paisanos. La prueba
más visible es esa estatua firmada por Benlliure que hace palidecer
de envidia a la cabeza de Victorio Macho que recuerda a Unamuno
en la plaza que lleva su nombre, al pie de las calzadas de Mallona.
Alguien robó hace tiempo esa cabeza para arrojarla al fondo de la
ría. Alguien que, por supuesto, nunca leyó ni leerá a Unamuno. El
episodio, al margen de lo chusco y lo patético que puede resultar,
nos viene al pelo como metáfora del Bilbao literario. Una vez
muerto Trueba, escribir en Bilbao (y en el País Vasco) ya no será lo
mismo. La desaparición de Trueba marca el punto final de nuestra
larga infancia literaria: el final de la edad de la inocencia, la de los
Cuentos de color de rosa.

Trueba muere en el año 1899, cuando empieza el despegue in-
dustrial de la provincia, cuando los inmigrantes llegan en oleadas
para emplearse en las minas y en las fábricas y el Socialismo y el
Nacionalismo están a punto de irrumpir en la escena política. El de
Trueba es un mundo terminal, un país que se extingue inexorable-
mente. La suya es una Euskaria, como dice Cristóbal de castro en
1918, "ajena al odio contra los maketos y a la soberbia de los So-
tas ".

Sus relatos son claros y sencillos, transparentes como el idioma
en el que están escritos. "Las Encartacioies de Vizcaya en que él
mamó su lenguaje", escribe Unamuno, "es una de las comarcas en
que mejor se ha hablado siempre la lengua española".Trueba, en
ese sentido, es el envés sintáctico de autores como Basterra o el
propio don Miguel, quien no es extraño que replicase al viejo Me-
néndez y Pelayo, cuando el polígrafo se refirió a "la honrada poesía
vascongada", diciendo que llamar honrada a una poesía era
como llamar simpática a una muchacha. "En lo que me toca", es-
cribía unamuno en La veu de cataluña en 1913, me he propuesto
deshonrar esa poesía".

El éxito de Trueba está en los ingredientes de su literatura. Es,
como si dijéramos, cocina de producto, es decir, construida con
honrados materiales en honrados fogones. uUa literatura para to-
dos los gustos. Más que un romántióo infraalimentado, Trueba es
un epicúreo ingenuo y recio, un Andersen pasado por Horacio y un
par de merenderos del país. En sus libros están las buenas gentes
de.la tierra, sus pequeñas tragedias y sus nobles sentimientos pre-
miados. Y está, dominándolo todo, él paisaje. El paisaje como pa_
tria del hombre y, desde luego, patriá del escritor que se pasa la
vida añorándolo, contemplándolo desde su ventana o sintiéndolo
debajo de sus pies. No me resisto a citar un pasaje (o un paisaje) de
Don Pío Baroja que explica lo que digo de ta mejor manera. "Para
mí", dice Baroja en El cantor vagabundo, "la patria es lo que se
halla de bueno y amable en el país donde se ha nacido y se vive; la
patria es el paisaje, el color der cielo y del campo, la manera de
cantar que tienen los pájaros, la manera de sonreir que tienen las
mujeres y el modo de jugar que tienen los chicos". Es el paisaje
como patria –lo recuerda Miguel Sánchez-Ostiz en su estupendo
Derrotero de Pío Baroja– del que habló el poeta suizo Ramuz.

De todo ello habla Trueba –de los pájaros y del color del cielo
y de la tierra– en su literatura. La emoción del paisaje de su infan-
cia y de su adolescencia alimentará siempre su escritura, desde que
en 1836, con sólo quince años, llega a Madrid procedente de So-
puerta para emplearse en la ferretería de un pariente. Llega huyen-
do de las levas de la guerra carlista, y llega, según confesión pro-
pia, con el veneno de la literatura corriendo por su sangre o, mejor
dicho, impreso en sus retinas en forma, claro está, de paisaje. True-
ba añora su patria, es decir, añora su paisaje. Es un autodidacto,
pero al cabo de un tiempo llegará a ser un buen paisajista, un Te-
niers encartado y apacible residente en Madrid.

En 1852 publica El libro de los Cantares, obra que le dará fama
y sobrenombre, pues desde entonces será conocido como "Antón el
de los Cantares". Entre 1853 y 1866 verán la luz sus Cuentos po-
pulares, Cuentos de color de rosa, Cuentos campesinos y Cuentos
de vivos y muertos. "En la bella literatura, con su genio", escribe
el alavés Becerro de Bengoa, "ganó sus laureles, y en la prensa co-
rríente, como obrero, ganó el pan de cada día". Desde 1846, esto
es, desde los veinticinco años, Trueba vivió en Madrid del perio-
dismo.

Cuando en I862 la Diputación de Vizcaya le ofrece el cargo de
cronista y archivero del Señorío, no duda en aceptar. Pese a las re-
comendaciones de Hartzenbush para que no abandone la capital de
España –el único lugar en donde un escritor de su talento puede ha-
llar horizontes– Antón vuelve a Bilbao. El horizonte de su pequeño
país –su paisaje, su patria– tira con fuerzade él, tanto o más que los
cargos que le ofrecen. No tenemos constancia de que a Trueba le
resultase incómoda o especialmente ingrata la vida madrileña, en
la que, al fin y al cabo, había transcurrido toda su vida adulta. Simplemente
deseaba volver. La distancia, cuando no es el olvido, es
un inmejorable conservante amoroso.

En todo caso, el de ser "liberado" a cuenta del Erario por sus
propios paisanos es un honor que Trueba no comparte con ningún
escritor vizcaino. Una estatua de bronce para después de muerto y
un empleo de por vida en la Administración local es el sueño se-
creto, casi siempre imposible, de todos los poetas provinciales.
Pero si verdaderamente hay algún escritor de quien pueda decirse
que logró ser profeta es su tierra ése es sin duda Antón el de los
Cantares. Aunque también es cierto –porque nada es perfecto, ni
siquiera en Los cuentos de color de rosa– que los historiadores La-
bayru y Sagarmínaga le hicieron pasar algunos malos ratos (la do-
cumentación parece que nunca fue su fuerte). Tampoco tuvo suerte
con sus editores alemanes, que le escamotearon sus derechos de
autor; ni en su faceta de novelista histórico (su libro La paloma y
los halcones no gozó de gran éxito, mientras que El libro de los
Cantares conoció más de diez ediciones a lo largo de siglo XIX).
En la nota autobiográfica que escribe poco antes de su muerte, el
10 de enero de 1889, también se queja de "los disparates que de mí
han dicho los famosos diccionarios de Bouillet y Vaperau, por ha-
ber sido yo tan memo que no les dirigí una cartita diciéndoles: Si,
como es natural, me incluyen ustedes entre los contemporáneos
ilustres, digan ustedes esto y lo otro y lo de más allá".

La suerte –pese a las meteduras de pata de los diccionarios lite-
rarios franceses– no le fue esquiva a Trueba. Y eso es algo que, más
tarde o más pronto, se termina pagando. Trueba tuvo lectores en
España y Europa y América. Trueba influyó en autores como Ro-
salía de Castro, Ricardo Palma, Pereda o Unamuno (que lloraba le-
yendo Mari-Santa). Pero nadie parece dispuesto a concederle a
Trueba el crédito literario que merece (ni a recordar su influencia,
por ejemplo, sobre autores euskéricos como Aguirre o José de
Echeita). Tiene mucha razón Elías Amézaga cuando dice que entre
los escritores vascos lo habitual, cuando se cita a Trueba, es darle
unas palmadas en el hombro, perdonarle la vida con cierto menos-
precio o recurrir al tópico de la inocencia aldeana de su literatura.
Creo fue Sánchez-Mazas quien afirmó que los buenos poetas son
los que hacen llorar a las mecanógrafas. Neruda, o Bécquer,
fue uno de esos poetas. Salvando las distancias y los géneros,
Trueba también lo fue. Cuando el joven Miguel de Unamuno le envía
un cuento para que lo publique en la hoja literaria de El Noticiero
Bilbaino, don Antonio le dice que lo siente, pero que no lo puede
publicar porque en El Noticiero hay que escribir "para todo el
mundo". Para las mecanógrafas que aún no habían nacido y hasta
para Unamuno.

José Fernández de la Sota, "Antonio del Trueba o el paisaje como patria", del libro Bilbao. Literatura y Literatos,






Foto: MMM para Poetas Vascos