Minopolis

AUTOR DEL TEXTO: GONTZAL DIEZ
AUTOR DE LA OBRA PLÁSTICA: PEPE YAGÜES

Pronto los minotauros conquistaron la altura. Abrieron huecos en las paredes del dédalo, que tienen un considerable grosor y colosales dimensiones, excavaron habitáculos y pasadizos, construyeron escaleras y dominaron las líneas verticales. Con el tiempo, el laberinto se convirtió en una populosa ciudad. Las madrigueras se transformaron en amplios salones y en cómodos receptáculos bien amueblados, aunque muy similares los unos a los otros, con decoración y estructura de un funcional minimalismo.



Los minotauros, todo hay que decirlo, aman el sigilo de los ángulos rectos.
5ólo el suelo quedó libre para el tránsito y la mendicidad. Pero gracias a los desfiladeros construidos en el interior de los muros es posible recorrer casi toda la metrópolis sin descender al asfalto.
Pero, ante todo, los minotauros aman la hospitalidad mal entendida. Entre ellos se invitan y se visitan, intercambian parabienes y obsequios, pero, pronto, los visitadores se convierten en huéspedes, se sientan, sin pudor alguno, en el sillón familian abren la alacena y se sirven lo que allí encuentren sin preguntar sobre la conveniencia de consumir cualquier vianda.


Con el tiempo, la intromisión se convirtió en costumbre. Ya nadie se consideraba inoportuno y los minotauros, que son pacientes y testarudos, convirtieron el caos en hábito. Así que un recto burócrata sale de su casa una mañana y regresa a otro hogar convertido en albañil cuando el día se consume. La memoria se convirtió en una habilidad agotadora y un ejercicio perfectamente prescindible.


¿Qué ocurre cuando un minotauro regresa a su cobijo y lo encuentra ocupado? Saluda, sale educadamente y busca acomodo en otro lugar en el que rehace sus rutinas o asume unas nuevas querencias. Siempre hay un hueco libre en algún meandro del laberinto. En normal se convirtió que un padre de familia holgase con una madre de familia hasta entonces desconocida, que los hermanos que salen juntos hacia la Escuela retornen, dispersos, cada uno a una casa extraña donde son acogidos sin extrañeza alguna. Lo importante consiste en encontrar un hueco libre y, a lo largo del día, las estancias se van ocupando. Todo está en constante cambio. Un minotauro tía solícita, tras una agotadora jornada, regresa convertida en intratable nuera, una novia se cita con un novio nuevo e igualmente fogoso que su anterior pretendiente, lo cual satisface todas sus expectativas y da lugar a interminables noviazgos con intercambiables pre tendientes. No es desapego sino destino; desatino lo llaman, con cierta sorna, los mendicantes.



Todo parece igual, pero nada es lo mismo. La simetría es un espejismo.

Pero todo funciona con meticulosa exactitud, con un caos concienzudo, un ocio laborioso en constante camb¡o, por un perenne intercamb¡o de fluidos y tareas. Los expedientes se cierran con puntualidad, los juicios se celebran, las obras se terminan en los plazos previstos, los fontaneros,y lampistas cumplen con su cometido y sus prepuestos. Quien algo empieza nunca lo acababa, pero siempre hay alguien dispuesto a coger su testigo. Todo se concluye. Todo se rige por una incesante transacción laboral. Monotonía eres una palabra desconocida en la ciudad de los minotauros.
A los minotauros no les importan las salidas, pero sítienen fe en esa posibilidad que consideran remota. No quieren salir, pero quieren saber que se puede salin aunque no sepan por dónde. La ciudad del laberinto carece de centro, así que tampoco posee periferia. Eso causa extrañeza al visitante, que, por serlo, por algún lugar tenía que haber accedido a la ciudad y bien es sabido que a las ciudades se siempre entra por las afueras. Los minotauros niegan esa posibilidad y achacan al intruso una carencia natural para la orientación. No hay medios de transporte subterráneos, ni trenes y es imposible que un avión aterrice entre sus angosturas.


El forastero siente un inicial pánico al contemplar a los minotauros y recordar las trágicas leyendas que sobre él se contaban y se cuentan. lntenta huin sin éxito. 5e desplaza velozmente por toda la ciudad buscando la salida, sin éxito. Se convierte en mendigo y comprueba la generosidad de los minotauros. Nunca le falta alimento, pero sólo puede vivir en el suelo. En las azoteas de los muros del laberinto se han instalado múltiples y bulliciosos comercios que no cierran nunca y algunos extensos jardines con setos que forman laberintos vegetales. Desde lo alto se contempla un horizonte de azoteas que parece no tener fin. Ese es el gran enigma de la ciudad, un misterio que sólo los forasteros desean resolver. Más allá del laberinto hay más laberinto, aseguran con gran convencimiento los minotauros.

Una de las grandes aficiones de los minotauros es brujulear, caminar por el placer de caminar sin rumbo fijo por lugares que parecen el mismo pero que tienen particularidades, detalles, latitudes distintas.



En la ciudad de los minotauros no hay cementerios conocidos ni rituales fúnebres. Simplemente desaparecen un día y se dirigen, mansamente, hacia un lugar al que sólo el cansancio letal parece guiarles.

¿Dónde está la ciudad del laberinto? Hay quien dice que en una isla y quien asegura que en lo alto de una inmensa planicie, cerca de las nubes. También existe la teoría del planeta. Un satélite cuya superficie es laberinto. Todo son conjeturas. Ninguna de las suposiciones explica la presencia de los intrusos que se transforman en mendigos.
Algunos viajeros han descrito la ciudad del laberinto como 'un hormiguero con forma de cerebro',con sus hemisferios intercambiables y una laboriosidad constante, un organismo vivo e independiente del resto del mundo.